Múltiples caminos hacia la felicidad existen. Todos ellos no exentos de problemas, decisiones complejas, y sufrimiento silente. Pero independientemente del camino escogido, se hace imprescindible contar con la suerte asaz de que no nos falte nunca, salud, dinero y amor.
Sin estos consabidos elementos de la vida, es extraordinariamente difícil poder alcanzar la felicidad deseada, sobre todo en este mundo terrenal de artificios absurdos, donde nos vemos sometidos a la obsecuencia de pautas sociales asumidas por accidente.
Cuando somos unos niños, con nuestras necesidades básicas cubiertas, y empezamos a caminar por la vida, pensamos que el orden lógico en estos elementos esenciales, pasa por ser: amor, salud y dinero.
A medida que sufrimos el desgaste hiriente del camino recorrido en la vida, pero cuando aún creemos en valores y principios utópicos o idílicos, modificamos el orden básico en nuestra escala de valores a: salud, amor y dinero.
Seguimos avanzando, caminando cada vez más despacio, pero más seguros. Ya las ilusiones no son lo preponderante en la balanza de realidades y deseos. Con el tiempo, la cruda realidad da paso a la prudencia, la búsqueda de la estabilidad, y la tranquilidad. Tenemos claro, sin lugar a ninguna duda, que los objetivos en la vida no son los sueños cumplidos, sino las necesidades cubiertas; y la prioridad es evidente: salud, dinero y amor. Una dependencia jerárquica, que no te deja disfrutar de la siguiente, sino posees antes la anterior.
Pero aún a pesar de todo esto, existimos los estólidos soñadores, los que todavía, a pesar de lo vivido, somos capaces de resistirnos a la evidencia, para vivir en un mundo mejor, lleno de ilusión, alegría, luz y color. No hay nada, si no existe primero el amor. Porqué en el fondo somos aún niños, y no hay peor soledad que la impuesta, la sonrisa forzada, y la economía generosa con la salud desbordante, para poder vivir en la ausencia, en el vacío absoluto, en la opulencia de miradas sin destino, y la indiferencia del sentimiento. Sin amor, no hay peor castigo que sólo salud y dinero, para tenerlo todo, y no tener nada.
Quiero seguir siendo un niño.
Sin estos consabidos elementos de la vida, es extraordinariamente difícil poder alcanzar la felicidad deseada, sobre todo en este mundo terrenal de artificios absurdos, donde nos vemos sometidos a la obsecuencia de pautas sociales asumidas por accidente.
Cuando somos unos niños, con nuestras necesidades básicas cubiertas, y empezamos a caminar por la vida, pensamos que el orden lógico en estos elementos esenciales, pasa por ser: amor, salud y dinero.
A medida que sufrimos el desgaste hiriente del camino recorrido en la vida, pero cuando aún creemos en valores y principios utópicos o idílicos, modificamos el orden básico en nuestra escala de valores a: salud, amor y dinero.
Seguimos avanzando, caminando cada vez más despacio, pero más seguros. Ya las ilusiones no son lo preponderante en la balanza de realidades y deseos. Con el tiempo, la cruda realidad da paso a la prudencia, la búsqueda de la estabilidad, y la tranquilidad. Tenemos claro, sin lugar a ninguna duda, que los objetivos en la vida no son los sueños cumplidos, sino las necesidades cubiertas; y la prioridad es evidente: salud, dinero y amor. Una dependencia jerárquica, que no te deja disfrutar de la siguiente, sino posees antes la anterior.
Pero aún a pesar de todo esto, existimos los estólidos soñadores, los que todavía, a pesar de lo vivido, somos capaces de resistirnos a la evidencia, para vivir en un mundo mejor, lleno de ilusión, alegría, luz y color. No hay nada, si no existe primero el amor. Porqué en el fondo somos aún niños, y no hay peor soledad que la impuesta, la sonrisa forzada, y la economía generosa con la salud desbordante, para poder vivir en la ausencia, en el vacío absoluto, en la opulencia de miradas sin destino, y la indiferencia del sentimiento. Sin amor, no hay peor castigo que sólo salud y dinero, para tenerlo todo, y no tener nada.
Quiero seguir siendo un niño.
